El hambre: causas y consecuencias
Comer es un acto tan humano como necesario para seguir viviendo, es el equivalente a hecharle gasolina a nuestro coche. Pero comer de más es tan innecesario como perjudicial. En nosotros está aprender a controlar el hambre para evitar que ese exceso de comida resulte perjudicial para nuestro organismo.
El hambre es una sensación que se inicia de modo imperceptible pero que va incrementándose hasta llegar a un nivel que supera nuestra voluntad de dominarla.
Si partimos de la base de que es una necesidad esencial para sobrevivir, cuando no la satisfacemos en el momento en que saltan las señales de alarma de nuestro organismo, el hambre se intensifica junto con la sensación hasta que te debilitas.
Este hecho es consecuencia del contraataque de nuestras reservas alimenticias para contrarrestar la ausencia de ingesta. Es obvio que si no comemos al cabo de varios días, nuestras reservas se agotan y nuestros órganos no tardarán en fallar de forma irreversible.
En otras palabras, el hambre únicamente nos avisa que ya tenemos que comer. Aparece regularmente después de un cierto tiempo desde que comemos por última ocasión y de acuerdo con una rutina consolidada por nosotros mismos al cabo de los años.
El hambre varía su intensidad de acuerdo con nuestra capacidad para llenar el estómago. En general, cuanto más tiempo ha pasado desde la última comida más hambre tenemos, pero esta regla no es universal y su aplicación depende de nuestra vigilia y de nuestro ritmo de actividad.
Es decir, si tomamos como referencia la secreción –controlada por el cerebro- de algunas hormonas a lo largo de las 24 horas del día observaremos que ésta es desigual, ya que se ajustan a la hora de mayor actividad y mayor capacidad de respuesta tanto intelectual como física, que generalmente es a medio día.
Este ritmo de actividad tiene que ver con el reloj biológico interno que tenemos los seres vivos, cuyo entero control está ejercido por nuestras secreciones hormonales. Este reloj interno rige de manera natural nuestros horarios de comidas, nuestra actividad física, nuestras micciones y deposiciones y también nuestra actividad sexual.
Obviamente no todas las personas tienen el reloj interno ajustado al mismo horario, por mucho que las actividades u horario de trabajo coincidan en la mayoría de los casos.
Hay personas madrugadoras que se levantan temprano y con la cabeza muy despejada pero que se les cierran los ojos en cuanto anochece, mientras que habemos otras trasnochadoras, que nos cuesta mucho levantarse temprano y cuando más rendimos es a partir de media tarde o cuando cae la noche.
El ritmo de las comidas influye poderosamente en la sensación de hambre, que es una sensación básicamente global. Una vez cubierta esta necesidad en ocasiones no nos conformamos con el aporte de energía que supone el alimento.
Cuándo después de una abundante cena italiana estamos satisfechos y al ofrecernos un pastel de chocolate “hacemos apetito” suficiente para aceptar la tentadora propuesta.
El apetito, utilizado a veces como sinónimo de hambre, es una sensación con ciertos matices diferentes. Nos lleva a seleccionar determinados alimentos de modo muchas veces inconsciente, pero siempre de acuerdo con nuestra necesidad o capacidad de seleccionar los nutrientes que precisamos. De esta forma buscamos proteína en la comida y la escogemos selectivamente.
El apetito está determinado tanto por impulsos conscientes como inconscientes. Evoca recuerdos de placeres conseguidos con ciertos alimentos y abre el deseo de volver a repetir esas sensaciones aún a sabiendas de que nuestro estómago está a reventar.
Las sensaciones de hambre y apetito pueden coexistir y reforzarse mutuamente, aunque hasta cierto punto, porque si estamos mucho tiempo sin ingerir alimento alguno, los criterios de ingesta energética derivados del hambre son prioritarios sobre los específicos del apetito. Ya que cuando el hambre es demasiada comemos lo primero a nuestro alcance.
Pero comer más de lo debido es tan innecesario como perjudicial. Aprender a controlar el hambre y el apetito es posible y con ello evitar que ese exceso de comida resulte perjudicial para nuestro organismo. Si la sensación de hambre puede ser angustiosa, la de la saciedad puede resultar enormemente placentera y nos recompensa con las endorfinas, que no son más que agentes químicos naturales que generan bienestar y que nos ayudan de forma natural a controlar nuestro deseo de comer más.
La saciedad bloquea la ingesta de más alimento con el fin de evitar que procesemos más comida de la que necesitamos o de la que no nos conviene para suplir nuestras necesidades.
Tanto el hambre como el apetito se pueden controlar de manera natural pero para lograrlo hace falta un mínimo de fuerza de voluntad y seguir un protocolo de intenciones.
Cuando llegamos a un restaurante con hambre en ocasiones pedimos más comida de la que podemos tomar, quizá cegados por una sensación de angustia o bien porque nos gusta “comer con los ojos”.
Después de un primer plato ingerido rapidamente, si el segundo se demora cuando llega a la mesa ya estamos prácticamente saciados y advertimos con sorpresa que no seremos capaces de acabar con todo lo que hemos pedido.
Una solución adecuada para evitar que el segundo plato se quede intacto es tomar un aperitivo antes del almuerzo o cena y limitar después ésta a un solo plato y postre ya que eliminaremos nuestra sensación de hambre.
Otra opción es evitar el consumo excesivo de alimentos en las comidas dilatándolas considerablemente. Por ejemplo estableciendo rituales que hacen perder tiempo entre bocado y bocado; contar mentalmente el número de veces que se mastica un trozo de comida; o bien limpiarse las comisuras con la servilleta, dejar los cubiertos sobre la mesa cada vez que se llena la boca y no volverlos a coger hasta se ha producido la deglución, etc.
Estas sencillas técnicas impiden una ingesta excesiva ya que permiten que las señales metabólicas de saciedad cumplan su cometido antes de que se encienda la alarma que indica que el estómago ya está lleno.















